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1 de junio de 2026 · admin

Ramírez Marín, entre aranceles, García Luna y la invitación a dejar la olimpiada del narco

El senador Jorge Carlos Ramírez Marín subió a tribuna para defender el gobierno de Claudia Sheinbaum, pero terminó recorriendo un paisaje más áspero: amenazas comerciales, guerras, presupuestos estatales, acusaciones políticas y una fotografía incómoda del pasado junto a García Luna.

La política mexicana tiene días en los que la tribuna se parece menos a un espacio legislativo y más a una mesa familiar después de la comida: alguien comienza hablando de unidad, otro recuerda viejos agravios y, antes de que llegue el café, ya aparecieron los nombres que nadie quería escuchar. Jorge Carlos Ramírez Marín tomó la palabra para defender la gestión de Claudia Sheinbaum y terminó colocando sobre la mesa una advertencia: si los partidos compiten por descubrir quién tiene más personajes señalados por presuntos vínculos con el narcotráfico, nadie saldrá limpio de la fotografía.

El senador comenzó por el símbolo. Recordó que hace dos años acompañó la alianza que impulsó, por primera vez en la historia del país, la llegada de una mujer a la Presidencia de la República. No lo presentó como una estampita conmemorativa ni como un dato para el calendario cívico. Lo planteó como una ruptura política profunda en un país donde las costumbres suelen caminar más despacio que los discursos.

Después pasó del simbolismo al ring. Según Ramírez Marín, Sheinbaum ha enfrentado desafíos que ningún presidente hombre había tenido enfrente, entre ellos la amenaza de aranceles desde Estados Unidos. El legislador recordó los pronósticos más pesimistas: que a la presidenta “la iban a hacer papilla”, que la iban a pisotear y que ni siquiera le permitirían abrir la boca. La frase quedó flotando con esa mezcla de dramatismo y revancha que tanto gusta en los debates legislativos.

La defensa fue clara: México, dijo, respondió con dignidad. No porque Washington hubiera hecho una concesión por tratarse de una mujer ni porque existiera alguna cortesía ideológica hacia Morena, sino porque Sheinbaum representaba al país. En la narrativa del senador, la presidenta no llegó a una alfombra roja; llegó a una mesa de presión internacional y salió de ella sin doblar la silla.

Luego abrió el mapa. Habló de guerras en Europa, de nuevos conflictos capaces de alterar el equilibrio mundial y de una economía mexicana que, aun con pronósticos modestos, continúa avanzando. Reconoció que México no crece al ritmo de China o India, pero pidió mirar también a países como Italia, Alemania o Japón. La comparación llevaba una aclaración involuntariamente reveladora: “México no es Japón”. En efecto. Tampoco el Senado es un seminario de economía, aunque algunas tardes haga el intento.

El senador colocó después el argumento social: afirmó que 42 millones de personas reciben apoyos que no deben entenderse como caridad, sino como justicia. Con esa cifra defendió la idea de que el gobierno puede sostener programas sociales sin provocar la bancarrota anunciada durante años por sus críticos. Y subrayó el detalle político que atravesó toda su intervención: ese gobierno lo encabeza una mujer.

Pero la unidad nacional duró lo que suelen durar las treguas partidistas: poco. Ramírez Marín criticó las disparidades presupuestales entre los estados y señaló el caso de Chihuahua, al que atribuyó un gasto superior a 700 millones de pesos en comunicación social y poco más de tres por ciento en obra pública. La federación, explicó, permite esas diferencias. La tribuna, por su parte, permite convertirlas en proyectiles.

El discurso alcanzó su punto más filoso cuando aparecieron las acusaciones relacionadas con el narcotráfico. El senador mencionó a Rubén Rocha Moya y advirtió que ninguna fuerza política puede presumir pureza absoluta si comienza una competencia por exhibir a sus señalados. Exgobernadores, exfuncionarios y personajes de distintos partidos podrían entrar en esa lista. En otras palabras: quien quiera lanzar la primera piedra tendrá que revisar primero cuántos cristales tiene en casa.

Para rematar, Ramírez Marín rescató una escena propia: durante las celebraciones del Bicentenario estuvo en el balcón de honor de Palacio Nacional junto a Genaro García Luna. La imagen le sirvió para cuestionar la facilidad con la que la política convierte una cercanía circunstancial en sentencia automática. La conclusión fue una invitación a caminar juntos por México. Aunque, después del inventario de agravios, presupuestos y fotografías incómodas, quedó claro que la unidad nacional sigue siendo uno de esos muebles solemnes que todos elogian en público y patean discretamente cuando estorba.