Refugio Franciscano: ¿Rescate animal o disputa por un terreno de 36 a 112 Millones de USD en Cuajimalpa?
Por Bruno Cortés
Entre ladridos y protestas, el desalojo del Refugio Franciscano destapa la verdad: un terreno en Lomas de Vista Hermosa que vale oro.
En el kilómetro 17.5 de la Carretera México–Toluca, el aire no sólo huele a bosque y a la polémica reciente por el bienestar animal: huele a «tierra premium». Lo que para muchos chilangos de a pie es el Refugio Franciscano, para el mercado inmobiliario es la joya de la corona en Lomas de Vista Hermosa. El reciente operativo, que terminó con el traslado masivo de perros y gatos, no puede leerse únicamente bajo la lupa de la bondad; ocurre sobre un predio donde el metro cuadrado se cotiza en dólares y las cifras, si se permitiera el cambio de uso de suelo, podrían marear a cualquiera con varios ceros a la derecha algo como USD 36M a 112M.
En la zona de Lomas de Vista Hermosa, anuncios de terrenos sobre Carretera México–Toluca se ofertan en rangos que, para lotes residenciales, rondan entre ~USD 1,100 y ~USD 2,900 por m²; extrapolar ese rango a un predio de 16 hectáreas requiere ajustar por restricciones de uso de suelo y descuento por venta en bloque, por lo que el valor podría oscilar ampliamente y solo puede confirmarse con folio real, polígono y avaluó pericial que bien podría llegar a 112 millones de dólares.
El conflicto no brotó de la nada como bache en temporada de lluvias. La disputa por el control del inmueble, que involucra temas de comodato y posesión entre la administración del refugio y la fundación propietaria del predio, se venía cocinando a fuego lento desde hace tiempo. Lo que vimos recientemente no fue un arranque espontáneo de justicia, sino la etapa visible y explosiva de un pleito legal que ya tenía las garras afiladas, buscando recuperar el control físico de una propiedad inmensamente codiciada.
El detonante mediático fue de manual. Una protesta frente a la Jefa de Gobierno en un evento público funcionó como el cerillazo en el pasto seco. En esta ciudad, cuando un conflicto amenaza con secuestrar la narrativa oficial y volverse espectáculo, la maquinaria burocrática, que usualmente avanza a paso de tortuga, aprende a correr como galgo. La intervención institucional fue súbita, bajo la bandera inobjetable del «rescate» ante presunto maltrato, una carta moral que blinda cualquier operativo ante la opinión pública.
Sin embargo, el operativo dejó un sabor agridulce y muchas preguntas en el aire. Mientras las autoridades y la Brigada de Vigilancia Animal sacaban a cientos de ejemplares, del otro lado de la reja los reclamos de «despojo» no se hicieron esperar. La falta de un censo público inmediato, expedientes veterinarios trazables y una ruta clara del destino de cada animal, ha generado un vacío de información que alimenta la sospecha: ¿fue una intervención sanitaria o una ejecución de desalojo disfrazada de beneficencia?
Aquí es donde el «sospechosismo» chilango tiene fundamento. Si el objetivo fuera puramente el bienestar de los caninos, la transparencia habría sido radical desde el minuto uno. Pero el caso se ha convertido en un tablero de ajedrez donde el incentivo inmobiliario y la causa animal se estorban y se utilizan mutuamente. Los animales, tristemente, terminan siendo la palanca que legitima movimientos jurídicos y políticos que, de otra forma, serían inviables ante el ojo público.
No se puede ignorar el elefante en la habitación —o el edificio en el terreno—: la ubicación. En una zona como Santa Fe y sus alrededores, donde no se regala ni el saludo, un predio de esas dimensiones es un cheque en blanco esperando ser firmado. Extrapolar el valor de lotes residenciales a este terreno masivo tiene sus matices técnicos, pero negar que la plusvalía es el motor silencioso detrás de la disputa sería pecar de ingenuidad.
La secuencia de los hechos encaja con un guion que ya hemos visto en otros dramas urbanos de la CDMX: primero se desgasta la relación civil, luego se escala el conflicto a nivel mediático y finalmente entra la autoridad a poner orden, reconfigurando la posesión del lugar. El argumento del maltrato animal es tan poderoso que nadie se atreve a cuestionarlo sin pagar un costo político, dejando el camino libre para que se resuelva el tema de la tenencia de la tierra.
Ahora, la moneda está en el aire. En las marchas se grita por el regreso del refugio y se exige justicia para los animales, pero el verdadero indicador estará en el Registro Público de la Propiedad. Si en los próximos meses vemos trámites silenciosos, cambios de uso de suelo o anuncios de preventa «exclusiva», sabremos que el corazón del asunto siempre fue patrimonial. Si el predio se mantiene como un espacio sin fines de lucro, la autoridad habrá ganado la partida moral.
Por lo pronto, el Refugio Franciscano queda atrapado en esa clásica paradoja capitalina: un conflicto donde el ruido lo hacen las redes sociales y las consignas animalistas, pero donde el silencio más pesado y significativo es el de la tierra. Porque en la CDMX, cuando se apagan las cámaras y se van las patrullas, lo que siempre queda en disputa es el suelo que pisamos.