El arte de decir «no» sin sentir culpa: Poner límites en una cultura que siempre quiere quedar bien.

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En México, el «no» es una palabra que nos pesa en la lengua. Crecimos en una cultura donde la hospitalidad, la cortesía y el «quedar bien» son leyes no escritas. Desde el clásico «ahorita vemos» hasta el «sí, yo te aviso» (que todos sabemos que significa no), hemos desarrollado una gimnasia verbal impresionante para evitar el conflicto. Sin embargo, esta incapacidad para decir «no» de forma directa nos está pasando una factura alta en forma de agotamiento, resentimiento y agendas saturadas de compromisos que realmente no queremos cumplir.

El sentimiento de culpa que aparece cuando rechazamos una invitación o negamos un favor nace de una creencia errónea: pensamos que decir «no» a una petición es decir «no» a la persona. En nuestra calidez latina, nos aterra que un límite sea interpretado como un desplante o una falta de cariño. Pero la realidad es que poner límites es la forma más honesta de cuidar nuestras relaciones. Cuando dices «sí» por compromiso, terminas asistiendo a ese evento o realizando esa tarea con mala gana, lo que genera una fricción silenciosa que daña el vínculo mucho más que una negativa honesta a tiempo.

Para empezar a practicar este arte sin morir de remordimiento, hay que entender que un «no» es, en realidad, un «sí» a nosotros mismos. Decir que no a quedarte horas extra en la oficina de manera injustificada es decir que sí a la cena con tu familia o a tu descanso. No se trata de ser groseros, sino de ser selectivos. La clave para que el «no» no se sienta como un balde de agua fría es la asertividad: puedes ser firme en tu postura y suave en tu forma. No necesitas inventar una tragedia o una excusa elaborada; a veces, un «me encantaría apoyarte, pero en este momento no tengo capacidad para hacerlo» es suficiente.

Otro gran obstáculo en México es la presión del grupo o de la familia. Existe esa idea de que «donde comen dos, comen tres» o que siempre hay espacio para un compromiso más. Aquí es donde los límites se vuelven vitales para nuestra salud mental. Aprender a decir «no» a la tía que insiste en que comas más cuando ya estás satisfecho, o al amigo que siempre pide prestado y no paga, es un ejercicio de autorespeto. Al principio, la gente a tu alrededor podría reaccionar con sorpresa, pero con el tiempo, empezarán a valorar más tu tiempo y tu palabra porque sabrán que, cuando dices «sí», es porque realmente quieres estar ahí.

Decir «no» sin culpa requiere práctica y, sobre todo, dejar de pedir perdón por tener prioridades. No eres una mala persona por proteger tu energía, tu dinero o tu tiempo. Al final del día, quien se molesta porque pusiste un límite es, generalmente, quien se beneficiaba de que no lo tuvieras. Recuperar el poder de tu propia agenda es el primer paso para vivir una vida más auténtica y menos pesada en la jungla social mexicana.

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