Dormir poco puede hacerte subir de peso: lo que revela la ciencia del descanso
Dormir no es un lujo ni una pausa improductiva del día. En realidad, se trata de un proceso biológico complejo que cumple funciones esenciales para el organismo. Cuando el descanso se reduce o se fragmenta de forma constante, pueden aparecer alteraciones en el estado de ánimo, el nivel de energía, el apetito e incluso en el peso corporal. Además, dormir mal se ha relacionado con un mayor riesgo de enfermedades crónicas.
Especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México señalan que el sueño cumple un papel clave en la regulación del metabolismo y de diversas funciones del cuerpo. El responsable de la Clínica de Trastornos del Sueño de la Facultad de Medicina, Rafael Santana Miranda, explica que durante la noche el organismo activa mecanismos fundamentales para mantener el equilibrio interno.
Según el experto, mientras dormimos se regulan procesos como la liberación de hormonas, el control de la glucosa en sangre, la reparación de tejidos y la consolidación de funciones cognitivas esenciales, entre ellas la memoria y el aprendizaje. Por esta razón, cuando el descanso es insuficiente o de mala calidad, estas funciones pueden verse alteradas.
Uno de los efectos más conocidos de dormir poco es su relación con el aumento del apetito. La jefa de la carrera de Nutriología de la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza, Mariana Isabel Valdés Moreno, explica que la falta de sueño modifica el equilibrio hormonal que regula el hambre.
Cuando una persona duerme poco, aumenta la producción de Grelina, la hormona que estimula el apetito, mientras que disminuye la Leptina, responsable de generar la sensación de saciedad. Este desajuste provoca que aparezcan más ganas de comer y que el organismo tarde más en sentirse satisfecho después de ingerir alimentos.
Sin embargo, estas no son las únicas hormonas involucradas. Investigaciones también han detectado cambios en la Adiponectina y en otras moléculas relacionadas con el metabolismo energético. Además, el sueño influye directamente en la regulación de la glucosa en el organismo. Cuando las personas duermen en horarios irregulares o insuficientes, los mecanismos que mantienen estables los niveles de azúcar en sangre pueden alterarse.
Otro aspecto importante es el impacto sobre los ritmos biológicos. El cuerpo humano está regido por los Ritmos circadianos, ciclos internos que sincronizan funciones fisiológicas con el día y la noche. La exposición nocturna a la luz artificial, especialmente la de pantallas electrónicas, puede modificar estos ritmos y alterar la liberación hormonal.
Dormir poco también amplía el tiempo que una persona permanece despierta. Esto significa más oportunidades para comer a lo largo del día o de la noche. Además, cuando el cuerpo está cansado, suele buscar fuentes rápidas de energía, lo que favorece el consumo de alimentos ricos en azúcares simples o carbohidratos refinados.
De acuerdo con los especialistas, el cerebro utiliza la glucosa como su principal combustible. Ante la restricción de sueño, algunas áreas cerebrales relacionadas con el deseo de comer se activan con mayor intensidad, lo que puede provocar que las personas despierten con más hambre o que sientan antojos frecuentes.
Este fenómeno puede generar un círculo difícil de romper: dormir poco aumenta el apetito, lo que puede llevar a consumir alimentos más calóricos. Con el tiempo, esto favorece el aumento de peso y eleva el riesgo de desarrollar trastornos metabólicos.
El descanso también desempeña un papel clave en otras etapas de la vida. Durante la infancia y la adolescencia, el sueño profundo es el momento en que se libera principalmente la Hormona del crecimiento. Si el descanso se reduce, también puede disminuir esta liberación, lo que afecta procesos importantes del desarrollo.
Además, la calidad del sueño influye en funciones como la creatividad, la memoria y la regulación emocional. Cuando el descanso se interrumpe constantemente —por ejemplo, debido a trastornos respiratorios nocturnos— se dificulta alcanzar las fases profundas del sueño, que son las que realmente permiten la recuperación del organismo.
En los adultos, la falta de descanso suele manifestarse como somnolencia, irritabilidad o bajo rendimiento durante el día. En cambio, en la infancia los síntomas pueden ser distintos y presentarse como hiperactividad o dificultades para concentrarse, lo que puede complicar el diagnóstico si se buscan únicamente los signos típicos de los adultos.
Durante muchos años, la conversación sobre el sobrepeso y la obesidad se ha centrado principalmente en la alimentación y la actividad física. Sin embargo, cada vez más investigaciones muestran que el descanso es un tercer pilar fundamental para la salud.
Los especialistas coinciden en que un estilo de vida saludable debe incluir una dieta equilibrada, actividad física regular, buena hidratación y un sueño suficiente y de calidad. Las necesidades de descanso varían según la edad: los recién nacidos pueden dormir entre 16 y 18 horas al día; los niños, entre 10 y 12; los adolescentes entre nueve y diez, y los adultos entre siete y ocho horas.
Más allá de las cifras, los expertos coinciden en una idea clave: dormir no es tiempo perdido. En una sociedad donde el desvelo, el uso constante de pantallas y las jornadas largas se han vuelto comunes, recuperar el descanso puede ser una de las estrategias más sencillas —y a menudo olvidadas— para mejorar la salud metabólica, hormonal y emocional.