Fin de una era en la CTM: Aceves del Olmo suelta las riendas obreras

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El «último jerarca» se despide; Carlos Aceves del Olmo confirma que no buscará la reelección en 2026 por salud, abriendo la «caja de Pandora» de la sucesión sindical.

carlos aceves

¡Se soltaron los demonios en la calle de Vallarta! Lo que era un secreto a voces en los pasillos del viejo edificio de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) por fin se confirmó este miércoles: Carlos Aceves del Olmo ha decidido colgar los guantes. El líder máximo de la central obrera, ese que aguantó vara durante una década de transformaciones y sismos políticos, anunció que su ciclo termina el próximo 23 de febrero de 2026. No habrá reelección, ni «dedazo» mágico que valga para extender su mandato.

La noticia cayó como balde de agua fría, aunque ya muchos veían venir el desenlace. A sus 85 años, Don Carlos ha optado por escuchar a los médicos y a la familia antes que al canto de las sirenas del poder. Ya no es el mismo «roble» que tomó la estafeta tras la muerte de Joaquín Gamboa Pascoe en 2016; la silla de ruedas que lo ha acompañado en los últimos tiempos es testigo mudo de que el cuerpo cobra factura. Se va, dice, por «responsabilidad institucional», pero entre líneas se lee que es momento de irse a casa antes de que la grilla se ponga más densa.

Ahora bien, la pregunta que tiene a todos con el Jesús en la boca es: ¿Quién se saca la rifa del tigre? Porque no nos hagamos, heredar la CTM en pleno 2026 no es enchílame otra. En los corrillos sindicales ya suenan fuerte los nombres de los «gallos» para la sucesión. Por un lado, Tereso Medina, el hombre fuerte de Coahuila que tiene el pulso de la industria automotriz y sabe mascar tuercas con los gringos del T-MEC; por el otro, Fernando Salgado, quien creció bajo el ala protectora de Aceves y conoce las cañerías del sistema político como la palma de su mano.

Para ponerle orden al relajo y que no se arme la campal antes del XVII Congreso Nacional Ordinario, se ha designado a José Ismael Flores Cantú, el líder regio, como el «árbitro» encargado de coordinar los trabajos de la transición. La instrucción desde la cúpula es clara: unidad y nada de andar lavando la ropa sucia en público. El objetivo es llegar al 24 de febrero —fecha sagrada para el cetemismo— con una planilla de unidad que evite que la central se desmorone en facciones.

Hay que decirlo con todas sus letras: Aceves del Olmo fue el puente entre el sindicalismo de «la vieja guardia» y la nueva realidad laboral. Le tocó bailar con la más fea. Vio morir al PRI hegemónico, vio nacer a la 4T y tuvo que tragarse el sapo de la Reforma Laboral de 2019. Mientras otros tiraban la toalla, él mantuvo a flote el barco en medio de las legitimaciones de contratos colectivos, donde muchos sindicatos «charros» perdieron hasta la camisa frente a gremios independientes.

No se puede entender este momento sin mirar el retrovisor. La CTM, esa maquinaria que fundó Lombardo Toledano y que Fidel Velázquez convirtió en un ministerio transexenal, ya no es el monstruo de mil cabezas que ponía y quitaba presidentes. Pero ojo, tampoco es un cadáver político. Todavía respira, y respira fuerte en sectores clave de la economía. Aceves lo sabía, y su mérito fue mantener la disciplina en un gremio que se estaba quedando sin brújula política tras perder sus curules automáticas en el Congreso.

Lo que se viene en las próximas semanas será de antología. Los «viejos lobos de mar» del sindicalismo tendrán que decidir si se modernizan o se extinguen. La salida de Aceves marca el fin del estilo de liderazgo unipersonal y paternalista. Quien llegue a la silla grande tendrá que lidiar con trabajadores que ya no se chupan el dedo, que votan libremente sus contratos y que exigen cuentas claras, algo que antes era impensable en los tiempos del «sí, señor secretario».

El ambiente en la sede de la CTM es una mezcla de nostalgia y nerviosismo. Las estatuas de bronce de los líderes pasados parecen mirar con recelo el futuro. Se cierra el capítulo de Aceves del Olmo, un hombre que, con sus luces y sus sombras, supo ser institucional hasta el último minuto. No se aferró al hueso, y en este país, eso ya es noticia de ocho columnas.

Así que, estimados lectores, preparen las palomitas porque el espectáculo de la sucesión obrera apenas comienza. El 23 de febrero de 2026 marcará un antes y un después. ¿Saldrá humo blanco o habrá fuego en la azotea? Solo el tiempo, y la astucia de los delegados, lo dirán. Por lo pronto, el «tata» del sindicalismo moderno se retira a sus cuarteles de invierno.

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