El último descanso de la «Limusina Naranja»: El misterio de los talleres de Zaragoza

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Todos los días, millones de chilangos nos subimos al Metro sin pensar mucho en la vida útil de esos vagones que nos llevan al trabajo. Pero, ¿qué pasa cuando un tren da su última vuelta? ¿A dónde va ese vagón que ya no puede más con el peso de la hora pico? La respuesta se encuentra en el oriente de la CDMX, en un lugar que parece sacado de una película postapocalíptica: los Talleres de Zaragoza.

Ubicados cerca de la estación Zaragoza de la Línea 1, estos talleres son el hospital, el spa y, lamentablemente, el cementerio de la red de transporte más importante del país. Aquí, entre el ruido de las soldaduras y el olor a aceite quemado, descansan los restos de lo que alguna vez fueron trenes de vanguardia traídos desde Francia.

El cementerio de acero y nostalgia

Cuando un tren es declarado «causa de baja», no se le abandona de inmediato. Primero entra a un proceso que los ingenieros llaman desmantelamiento técnico. En estas vías de descanso, los vagones son despojados de sus «órganos» vitales: motores, puertas, cableado de cobre y, por supuesto, los icónicos asientos de plástico. Todo lo que pueda servir como refacción para los trenes que aún están en circulación se guarda celosamente, pues muchas de estas piezas ya no se fabrican en ninguna parte del mundo.

Es una imagen poderosa ver los esqueletos de los modelos MP-68 (los primeritos del Metro) alineados bajo el sol. Sus colores naranjas, ahora pálidos por el paso del tiempo y la intemperie, cuentan historias de millones de viajes, besos, empujones y vendedores ambulantes que ya no volverán.

¿Por qué no se reciclan de inmediato?

Mucha gente se pregunta por qué el Gobierno de la CDMX no vende simplemente todo ese metal como chatarra para sacar algo de presupuesto. La realidad es burocrática y técnica. Dar de baja un bien público requiere un papeleo monumental que puede durar años. Además, algunos de estos vagones se mantienen «vivos» como donantes de órganos para sus hermanos más jóvenes. Es una especie de reciclaje interno que mantiene a la red funcionando con piezas que ya son prácticamente artesanales.

En ocasiones especiales, algunos de estos vagones tienen una segunda vida más amable. Algunos han sido donados para convertirse en aulas de capacitación, bibliotecas en parques públicos o incluso en piezas de exhibición en el Museo del Metro. Sin embargo, la gran mayoría espera pacientemente su turno para ser cortada con soplete y reducida a cubos de metal comprimido.

La vida después de la vía

El cementerio de Zaragoza no es solo un depósito de basura; es una cápsula del tiempo. Al caminar entre esos pasillos vacíos, se puede notar la evolución de la ciudad. Desde los acabados de madera y metal de los años 60 hasta los plásticos más modernos de los 90. Es el recordatorio de que, aunque la tecnología avance, la CDMX siempre ha dependido de estos gigantes naranjas para moverse.

Así que la próxima vez que pases por la zona de Zaragoza y veas a lo lejos esas filas de vagones inmóviles, dales un pequeño adiós mental. Esos trenes recorrieron miles de kilómetros debajo de tus pies para que tú pudieras llegar a tu destino.


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