Cuando la mente también se enferma: señales físicas de la ansiedad que solemos confundir con otra cosa
Durante mucho tiempo, la ansiedad se entendió solo como un problema “de nervios” o de pensamientos negativos. Sin embargo, en la vida cotidiana muchas personas la viven primero en el cuerpo. Van al médico por dolor de estómago, falta de aire o mareos, se hacen estudios que salen normales y aun así el malestar continúa. La razón es simple y compleja a la vez: la ansiedad no es solo mental, es una respuesta física real del organismo ante la percepción de amenaza.
Uno de los sistemas más afectados es el digestivo. El intestino está estrechamente conectado con el cerebro a través del sistema nervioso y hormonal. Cuando hay ansiedad persistente, es común sentir náuseas, inflamación, diarrea, estreñimiento o dolor abdominal. Muchas personas lo atribuyen a una “mala comida”, colitis o gastritis, sin notar que los síntomas aparecen o empeoran en periodos de estrés emocional. No es que el dolor sea imaginario; es el cuerpo reaccionando a un estado de alerta prolongado.
El corazón también suele convertirse en protagonista. Palpitaciones, sensación de opresión en el pecho o latidos acelerados pueden ser tan intensos que se confunden con un problema cardíaco. En realidad, la ansiedad activa el sistema nervioso simpático, el mismo que prepara al cuerpo para huir o defenderse. Aumenta la frecuencia cardiaca y la respiración, incluso cuando no hay un peligro real enfrente. Aunque estos síntomas son angustiantes, no suelen ser peligrosos por sí mismos, pero sí desgastantes.
La respiración es otro foco frecuente. Sentir que “no entra bien el aire”, suspirar constantemente o hiperventilar puede llevar a mareos, hormigueo en manos y labios, o una sensación de irrealidad. Muchas personas creen que tienen un problema pulmonar cuando en realidad están respirando de forma rápida y superficial como respuesta a la ansiedad. Este patrón altera el equilibrio de oxígeno y dióxido de carbono en la sangre, lo que intensifica el malestar.
El cuerpo también expresa la ansiedad a través del dolor muscular. Cuello rígido, mandíbula apretada, dolor de espalda o cefaleas tensionales son señales comunes. La tensión constante mantiene los músculos contraídos durante horas, a veces días, sin que la persona lo note conscientemente. Lo mismo ocurre con el cansancio extremo: vivir en alerta permanente agota, incluso si no ha habido un gran esfuerzo físico.
Reconocer estas señales no significa asumir que “todo es psicológico” ni dejar de acudir al médico. Al contrario, descartar causas físicas es importante. Pero cuando los estudios no explican los síntomas, vale la pena mirar el contexto emocional. ¿Hay preocupaciones constantes, dificultad para relajarse, sensación de amenaza difusa o pensamientos repetitivos? El cuerpo suele avisar antes de que la mente lo acepte.
Atender la ansiedad implica un enfoque integral. Técnicas de respiración, actividad física regular, descanso adecuado y apoyo psicológico ayudan a regular el sistema nervioso. En algunos casos, el acompañamiento médico y terapéutico es clave para romper el ciclo de síntomas físicos y miedo a los síntomas.
La ansiedad no siempre se presenta como un ataque de pánico evidente. A veces se disfraza de dolor de estómago, de palpitaciones “sin razón” o de un cuerpo cansado que no logra relajarse. Escuchar esas señales no es exagerar; es reconocer que la salud mental y la física no van por caminos separados, sino que se hablan todo el tiempo.