El arte del “fiado”: cómo administrar (sin pelearse) las cuentas y los préstamos entre familiares y amigos
En México y en muchos países de América Latina, el “fiado” es más que una práctica económica: es un gesto de confianza, un pacto tácito que se apoya en la cercanía y el afecto. Se fía en la tiendita, pero también entre amigos y familiares cuando alguien necesita un empujón para salir de un apuro. El problema aparece cuando ese acuerdo informal se diluye en el tiempo, se mezcla con expectativas no dichas y termina convirtiéndose en una fuente silenciosa de tensión. Administrar bien el fiado no es ser desconfiado; es cuidar la relación.
El primer paso es reconocer que prestar dinero no es lo mismo que regalarlo, aunque exista cariño de por medio. Muchas fricciones nacen porque una de las partes asume que el préstamo es flexible, casi simbólico, mientras la otra espera un reembolso puntual. Antes de entregar el dinero, conviene hablar con claridad sobre algo básico: ¿es un préstamo que se va a devolver o una ayuda que no necesita retorno? Decirlo explícitamente evita resentimientos futuros y libera a ambas partes de suposiciones.
Cuando sí se trata de un préstamo, poner reglas simples desde el inicio marca la diferencia. No hace falta un contrato notariado, pero sí acuerdos concretos: cuánto se presta, cuándo se devuelve y si habrá pagos parciales. Anotar estos puntos —aunque sea en un mensaje de WhatsApp— no rompe la confianza; al contrario, la protege. La memoria falla y las interpretaciones cambian, pero lo escrito permanece como referencia neutral cuando pasan los meses.
Otro aspecto clave es prestar solo lo que realmente se puede perder sin afectar la propia estabilidad. Si el dinero prestado genera ansiedad constante o compromete gastos básicos, el problema no será el deudor, sino la decisión inicial. En contextos familiares, decir “no puedo prestar ahora” es una forma legítima de cuidado personal y también de honestidad. Negarse a tiempo suele evitar conflictos mayores después.
Del lado de quien recibe el fiado, la responsabilidad va más allá de devolver el dinero. Informar, avisar y cumplir acuerdos sostiene la confianza. Si surge un imprevisto y no se podrá pagar en la fecha pactada, lo peor es el silencio. Explicar la situación y proponer una nueva fecha demuestra respeto por la otra persona y por el vínculo. Muchas relaciones se rompen no por la deuda en sí, sino por la sensación de desinterés o evasión.
Separar el dinero de lo emocional también ayuda. Sacar cuentas en una comida familiar o reclamar en medio de una discusión personal suele escalar el conflicto. Es mejor elegir un momento tranquilo y un tono neutral para hablar del tema, sin reproches ni sarcasmos. El objetivo no es ganar una discusión, sino resolver una situación concreta sin dañar la relación.
Finalmente, vale la pena revisar periódicamente nuestras propias reglas sobre el fiado. Hay personas que deciden no prestar dinero a familiares cercanos para evitar tensiones; otras prefieren prestar solo montos pequeños o bajo condiciones muy claras. No existe una fórmula universal, pero sí un principio común: cuando el dinero circula entre personas que se quieren, la claridad es un acto de afecto.
El arte del fiado no está en decir que sí a todo, sino en saber cómo, cuándo y hasta dónde ayudar sin que el apoyo se transforme en un problema. Administrar bien las cuentas y los préstamos no enfría las relaciones; las hace más sanas y duraderas.