Violencia y narcocorridos: el debate que resurge tras la muerte del líder del CJNG
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), no solo desató una nueva ola de violencia en distintas regiones del país, sino que reavivó el debate sobre la narcocultura y su influencia en la juventud mexicana. Mientras autoridades refuerzan operativos, crece la discusión sobre el papel de los narcocorridos y la apología del crimen en el espacio público.
El reciente operativo federal que derivó en la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, identificado como líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, marcó un punto de inflexión en la estrategia de seguridad del gobierno mexicano. De acuerdo con reportes oficiales de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC), tras el despliegue se registraron bloqueos carreteros, incendios de vehículos y enfrentamientos en entidades del occidente del país, generando incertidumbre entre la población.
En paralelo a los hechos violentos, la conversación pública giró hacia otro frente: el cultural. En redes sociales y plataformas digitales se viralizaron canciones, imágenes y mensajes que exaltaban la figura del capo abatido, evidenciando la fuerza simbólica que el narcotráfico mantiene en ciertos sectores sociales. La narcocultura —que abarca música, moda, símbolos religiosos y estilos de vida asociados al poder criminal— volvió así al centro del debate nacional.
El fenómeno no es nuevo. Sus raíces se remontan a Sinaloa, donde los corridos tradicionales evolucionaron en los años setenta hacia narrativas vinculadas al tráfico de drogas. Agrupaciones como Los Tigres del Norte popularizaron historias de contrabando y personajes del norte del país, aunque con el tiempo el género derivó en relatos más explícitos sobre capos reales y confrontaciones armadas.
Especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) han advertido en estudios académicos que la exposición constante a contenidos que glorifican la violencia puede contribuir a la normalización del crimen como vía de ascenso social, especialmente entre jóvenes en contextos de desigualdad. Esta narrativa, señalan, se ve reforzada por series televisivas, redes sociales y los llamados “corridos tumbados”, que combinan estética urbana con referencias directas al narco.
En estados afectados por la violencia, autoridades locales han intentado limitar la interpretación de narcocorridos en eventos públicos. La Secretaría de Gobernación ha reiterado que cualquier medida debe apegarse a la ley y respetar la libertad de expresión, aunque subraya que la apología del delito puede ser sancionada cuando incurre en ilícitos. El debate jurídico y cultural permanece abierto.
Más allá de la censura o regulación, analistas coinciden en que la narcocultura es reflejo de problemas estructurales: pobreza, corrupción, impunidad y falta de oportunidades. Informes de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) han señalado que el fortalecimiento de organizaciones criminales en México responde tanto a factores económicos como a la demanda internacional de drogas, lo que complejiza cualquier estrategia exclusivamente cultural.
La coyuntura actual demuestra que la lucha contra el narcotráfico no se libra únicamente en el terreno militar o policial, sino también en el simbólico. Mientras el país enfrenta episodios de violencia tras la caída de un líder criminal, persiste la pregunta sobre cómo contrarrestar un imaginario que convierte a los capos en figuras aspiracionales. El desafío para el Estado mexicano será articular políticas de seguridad, educación y desarrollo social que disputen ese relato sin vulnerar derechos fundamentales.